domingo, 12 de octubre de 2008

MUÑOZ MOLINA "ADVERSUS MODERNOS". Contra los museos que parecen centros comerciales.

Por fin alguien publica lo que muchos llevamos diciendo tanto tiempo: los museos son, aunque no lo parezca en algunos casos, centros de cultura, no sofisticadas prolongaciones de centros comerciales. Es un clamor ver como determinados museos, especialmente los de arte, y muy especialmente los de arte contemporáneo, se han convertido en auténticos almacenes de la Nada, expositores del ridículo y escaparate de un consumismo que tanto critican sus usuarios más enfervorecidos. Creo que muy poca gente podría decirlo mejor que Muñoz Molina. Espero que con este toque de atención los museos que todavía no han entrado en ese "lado oscuro" se lo piensen dos veces antes de cometer irreversibles errores. Ahí va el artículo, con su respectivo enlace. Por cierto... no estaría de más que alguien hiciera lo mismo (digo publicar en El País) algo así sobre la Alta Cocina.

ESCENAS DE MUSEO ·

Llegará un día, más tarde o más temprano, en el que habrá una sublevación general y probablemente victoriosa contra la tiranía de lo nuevo, contra la coacción y la angustia de no quedarse atrás, de estar al tanto de las propuestas rompedoras, de las últimas tendencias, de lo nunca visto. Los curators estrellas se verán forzados por la necesidad a implorar trabajo como bedeles en renacidas academias de dibujo artístico o como guías de turismo. Algunos, los más avispados, seguirán organizando bienales en apartados municipios, pero se habrán cambiado el nombre para eludir el oprobio, y en las reuniones de padres de la escuela de sus hijos dirán que se dedican a algún trabajo honrado. En los centros innumerables de arte contemporáneo de las comunidades autónomas españolas se instalarán salones de bingo o museos de aperos de labranza y trajes regionales. Los críticos de arte ahora más punteros se apuntarán a cursillos de reeducación en los que irán aprendiendo, muy poco a poco, muy dolorosamente, a expresarse por escrito de manera inteligible. Tiendas de lienzos y de materiales artísticos, ahora sumidas en una penumbra en la que dependientes solitarios se sacuden tristemente las telarañas y el polvo de los mandiles grises, revivirán con la venta masiva de caballetes y paletas de pintor. Como siempre pasa en las revoluciones y en las contrarrevoluciones, se cometerán excesos: la Tate Modern y el MoMA compartirán una gran retrospectiva con las creaciones ceráminas más sobresalientes de la casa Lladró; los pintores se harán fotografiar delante de sus caballetes, con boina y perilla, sosteniendo la paleta, vestidos con anchos blusones...
Un buen abrigo contra la convulsión permanente de lo último son esos museos intermedios a los que casi nadie hace mucho caso.
Los museos mayores viven en permanente zozobra. No quieren parecer museos, así que emprenden costosas operaciones de cirugía estética
Ilusiones del pobre señor, como dice la zarzuela. Mientras llega o no llega el momento en que el péndulo, al cabo de un siglo, empiece a cambiar de sentido, un buen abrigo contra la convulsión permanente de lo último son esos museos intermedios que hay en cualquier ciudad y a los que casi nadie hace mucho caso. Los museos mayores, hasta los más sólidos, viven en una permanente zozobra. En América tienen que seducir a multimillonarios y que sacudirse de encima toda sospecha de que se han quedado anacrónicos. En Europa la tranquilidad del dinero público no mitiga, sino tal vez acentúa, el miedo al anacronismo, a dar la sensación de que viven de espaldas a las últimas tendencias, al público más joven.
Los museos no quieren parecer museos, que es lo que son en realidad, así que emprenden costosas operaciones de cirugía estética encargando ampliaciones a las estrellas internacionales de la arquitectura, que los llenan de escaleras mecánicas y aspavientos de titanio. Y como muchos de ellos, luctuosamente, están llenos de obras del pasado, sus directivos intentan disimularlo organizando exposiciones de motocicletas, de vestidos de noche, hasta de videojuegos. El Metropolitan de Nueva York corona cinco mil años deslumbrantes de arte, desde las figurillas de las Cícladas y de las primeras tumbas egipcias hasta la mejor pintura americana del siglo XX, instalando en su terraza tres esculturas de gran tamaño de Jeff Koons, a saber: un globo en forma de perro, un corazón rosa de San Valentín, un caramelo en su envoltorio. El British Museum exhibe en sus salas de mármoles griegos una escultura de Marc Quinn que representa a Kate Moss con una proliferación de brazos y piernas contorsionándose más propia de la diosa Kali. Como en el caso de su compatriota Damien Hirst, los méritos más destacados de Marc Quinn se expresan en términos numéricos: la escultura, de oro macizo, pesa cuarenta y cinco kilos y está valorada en dos millones de euros. Igual que el cráneo cubierto de diamantes de Hirst, la Kate Moss de Quinn es lo bastante banal como para despertar el entusiasmo de la crítica más sofisticada y lo bastante hortera como para atraer a los narcotraficantes, mercaderes de armas y plutócratas rusos que son los únicos que pueden costeársela.
Gracias a los caramelos de Koons, las Kate Moss de oro de Marc Quinn, los terneros y los tiburones en formol y los cráneos de diamante de Hirst, los grandes museos salen en todos los periódicos del mundo, y no en las mustias páginas de cultura, sino en las de moda y en las de finanzas. Los museos medianos no salen nunca, o casi, a no ser que se robe en ellos alguna obra maestra menor que nadie sabía que tuvieran. En los grandes museos todo son mayúsculas, multitudes de turistas, colas populosas atraídas por esas exposiciones que en los Estados Unidos se llaman ya como las películas de éxito masivo, blockbusters.
En los museos medianos, en los un poco menos célebres, uno puede encontrarse en una sala silenciosa y desierta delante de una maravilla que no sabía que existiera, o no recordaba que estuviera aquí. Unos pasos crujiendo sobre el suelo de parquet avisan de la cercanía de otro visitante, o de un guarda que se nos aproxima por cautela. La perspectiva de las salas concluye en la claridad de un ventanal atenuada por un cortinaje, detrás del cual puede escucharse el rumor de la calle, de pronto muy lejano. Son museos instalados en palacios o caserones que se han quedado antiguos, igual que a veces las etiquetas al pie de los cuadros. Me acuerdo de la New-York Historical Society, en una de cuyas salas vi una vez, dentro de una urna, la hucha de latón pintada de rojo, amarillo y morado con la que Julius Rosenberg pedía dinero por la calle para los niños republicanos españoles. Me acuerdo del Museo Lázaro Galdeano, con sus escenas de brujería de Goya, con un retrato de fraile de Zurbarán que parece pintado ayer mismo, con un pequeño paisaje de Constable que sólo puede apreciarse debidamente en un lugar así: una llanura inglesa, la curva ancha de un camino, una figura diminuta reposando a un lado, en una quietud como la que uno experimenta mirando el cuadro despacio, acercándose mucho a él, sin agobio de nadie.
Pero en Madrid no hay mejor espacio para disfrutar la pintura con recogimiento que la Academia de Bellas Artes de San Fernando, que tiene algo de invisible a pesar de encontrarse en un edificio enorme, de pesadez ministerial, en el centro mismo de la ciudad y como fuera de ella. En los museos medianos se ve mejor esa pintura de oficio excelente que es como la serie B de la Historia del Arte, pero en la Academia de San Fernando está además, como un coloso agazapado, don Francisco de Goya, más sobrecogedor aún porque es un Goya menos familiar que el del Prado: el de las escenas de Inquisición y de manicomio, el del retrato de Godoy, obsceno en su poder y en su insolencia física. En las salas deshabitadas de la Academia de San Fernando imagino una escena de una novela que no sé si llegaré a escribir, pero que veo en todos sus detalles: en un Madrid muy lejano de tranvías y pancartas políticas dos amantes que se han citado allí se buscan, oyen de lejos cada uno las pisadas del otro, se abrazan sin miedo a ser descubiertos, sin más testigos que las infantas y santos espectrales de los cuadros, casi cómplices suyos. -


aRTÍCULO eN eL pAÍS ···

sábado, 11 de octubre de 2008

PROGRAMA DE ACTIVIDADES DEL MUSEO ARQUEOLÓGICO DE CÓRDOBA

El Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba propone una gran variedad de actividades para escolares, alumnos de secundaria y familias en general, que seguro son una magnífica oportunidad para acercarse a este museo y disfrutar de sus magníficas colecciones. Espero que sea un éxito. En próximas entradas insertaré otras actividades de museos de la provincia.

Enlace al programa de actividades.

sábado, 4 de octubre de 2008

(QUIZÁS) EL PRIMER MIHRAB DE LA MEZQUITA DE CÓRDOBA






Se trata de una de las piezas más importantes que se encuentra en el Museo Arqueológico de Córdoba y que, por sus características morfológicas y decoración, puede que se corresponda con un mihrab monolítico del siglo VIII d.C. que indicaría, junto al muro de qibla, el lugar exacto hacia donde los musulmanes debían realizar su postración en cada oración. Se halló al realizar unas obras apenas a 20 m de la Mezquita y fue tenida, en un principio, por un nicho de época visigoda. Y he tenido la suerte de poder estudiarla gracias a una ayuda económica de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.
La intrahistoria de la pieza es muy curiosa. En un momento indeterminado deja de tener su función original y pasa a ser una fuente, con dos orificios (para la entrada y salida de agua) totalmente descentrados respecto a los ejes de la decoración. Más tarde, es rota y pasa a ser material constructivo de relleno de un muro de la casa donde fue hallada.
Su singular decoración es un antecedente directo de los paneles de piedra decorados con el árbol de la vida de época califal, aunque su realización guarda una estrecha relación con piezas de decoración arquitectónica de Bawit (Egipto). Además, esta pieza podría explicar en parte la decoración usada en la mihrab que se puede observar actualmente.
Este tipo de mihrab, el monolítico, es un precedente del otro, más conocido, de habitación. Tan sólo existía una pieza similar en el mundo, el mihrab monolítico de Bagdad, aunque no he podido comprobar si todavía existe tras el saqueo del Museo de la ciudad producido durante la invasión del ejército de EE.UU.
Dicho hallazgo tiene interesantes implicaciones históricas, ya que esta pieza puede haberse utilizado en dos momentos: a) cuando la iglesia de San Vicente se convierte en sala de oración para los musulmanes como consecuencia de los acuerdos de capitulación de la ciudad ante el ejército árabe; b) cuando se hace la nueva mezquita por parte de Abd-al-Rahman I, imitando así la decoración que había en la mezquita aljama de la Bagdad del VIII d.C.
Esperemos que pronto pueda exponerse como se merece en el nuevo y magnífico edificio del Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba.

Esto es breve resumen, el texto original, con todas las referencias científicas, se encuentra publicado en:

SÁNCHEZ VELASCO, J.: Elementos arquitectónicos de época visigoda en el Museo Arqueológico de Córdoba. Arquitectura y Urbanismo en la Córdoba Visigoda.

jueves, 2 de octubre de 2008

ARQUEOLOGÍA Y RESTAURACIÓN, REMEDIOS CONTRA LA CRISIS QUE NOS AZOTA ·

Tras un verano recorriendo yacimientos, dos congresos internacionales, la preparación de varios artículos y el comienzo del curso, actualizo el blog (por fin), que ya tenía telarañas (como dice mi buen amigo Rafa) con una entrada que espero no caiga en saco roto.

A nadie se le escapa que la actual crisis que nos azota se está cebando con aquellos trabajadores que menos formación tienen, como jornaleros y peones de la construcción, donde las tasas de paro han crecido exponencialmente hasta cotas muy, pero que muy preocupantes. Y no resulta tan sencillo recolocar en el mercado laboral a personas sin prácticamente ninguna formación específica que, hasta ahora, tenían un trabajo más o menos constante en la construcción, y que tendrán que volver (con suerte) a la temporalidad del trabajo agrícola. La misma construcción que de la que ha ido dependiendo la Arqueología, vinculada a los proyectos de edificación y de urbanización de amplias parcelas edificables de nuestras ciudades.

Este triángulo de intereses (constructores, obreros no cualificados y arqueólogos) ha chocado en no pocas ocasiones y ha tenido numerosos problemas ante el boom inmobiliario español: sueldos bajos para los obreros y arqueólogos, presiones de los constructores para eliminar los restos arqueológicos, arqueólogos poco escrupulosos y fácilmente persuadidos de la "poca importancia" de unos restos de cuya eliminación dependía que continuaran trabajando en otras obras... Y en medio de este "triángulo amoroso", una administración que no se ha caracterizado precisamente por su interés por la Arqueología ni por el Patrimonio, salvo de forma absolutamente arbitraria, puntual y coyuntural. Semejante panorama, del que no relataré aquí pasajes sórdidos (que los hay, y muchos) por no venir al caso, se ha desmoronado recientemente ante la crisis de la construcción, íntimamente relacionada con el precio de las cosas (sobre todo de las viviendas) y la falta de crédito. No se venden casas, luego no hay promociones, luego no hay Arqueología, luego no hay trabajo, luego... crisis, crisis y crisis sobre crisis, en una fatal espiral regresiva que cada vez va a peor. A algunos esto les parecerá bien, porque por lo menos no se destruyen yacimientos arqueológicos. Pero la inacción nunca suele ser ningún remedio.

Ante estos hechos, nuestros gobernantes, en un ataque de keynesianismo espasmódico, sólo sacado a pasear cuando las migajas de los de arriba no llegan a los de abajo, han propuesto como receta la inversión pública, especialmente en infraestructuras, que suelen ser mucho más destructivas con el patrimonio que la obra civil privada para fines residenciales por la sencilla razón de que con el velo del "bien público" se tapan aberrantes saqueos contra los yacimientos arqueológicos, que también son un bien, y público.

Por todo ello, sería conveniente que nuestros políticos se metieran en la cabeza que, ya que van a meter dinero público para generar actividad, uno de los campos que mejor puede beneficiar a trabajadores y empresas es el mundo de la Arqueología y la Rehabilitación de monumentos. Con ello se daría trabajo a aquellas personas que tienen muy difícil trabajar en algo que no sea una obra, dándoles de paso una formación específica en un sector que conocen muy bien. Redundaría en beneficio de las empresas, sobre todo las pequeñas-medianas, cuya capacidad de "pescar" una obra pública para infraestructuras en tiempos revueltos es la misma que ganar jugando al euromillón. Y, finalmente, se crearía, para tiempos más prósperos, una importante red de infraestructuras turísticas y culturales que atrajeran dinero e inversiones relacionadas con el sector terciario en general y el turismo en particular, uno de los pocos activos que le van quedando a nuestras maltratadas comarcar rurales. Porque algunos no se acaban de enterar de que la gente va donde hay cosas que ver, atractivas, novedosas, cuidadas, relacionadas con la cultura... por mucho que duela, señores, nadie va de turismo a ver cómo lo tratan en tal o cual localidad. Si no hay oferta, y no se crea una demanda, ya me dirán cómo quieren generar actividad de calidad, económicamente rentable, a corto o medio plazo.

Por consiguiente, es necesario presionar a nuestros políticos en este sentido, y que se den cuenta de que la Arqueología, los Museos, el Patrimonio Monumental y lo que ahora se llama Paisaje Cultural es un filón sin explotar del que se pueden crear auténticos circuitos culturales, educativos y de ocio que deben contar con una inversión pública que desencadene las inercias económicas locales. Lugares como Almedinilla o Priego son la (cercana) prueba del 9 de esto que venimos diciendo, no sólo yo, mucha gente relacionada con la educación, la cultura y el turismo. Pero conociendo a algunos que nos gobiernan, imagino que pasará lo de siempre: la cultura y la investigación serán lo último dentro de lo último, manteniéndose inercias que en nada redundarán en beneficio público.